
Por Manuel Sepúlveda
¿Cuándo fue la última que nos sentimos creativos? ¿Cuándo fue la última vez que nos sentimos asombrados? El asombro y la creatividad son cosas que, desafortunadamente, se van perdiendo conforme nos hacemos más viejos. A medida que crecemos y navegamos las diferentes etapas de la vida, nos convencemos de que el mundo es más complejo de lo que parece. Nos enfrascamos en un mundo que solo habla el lenguaje del dinero y de los placeres. Comenzamos a vivir dentro de un bucle que nos abruma con estrés, negatividad y un nihilismo que muchas disfrazamos con humor. ¿A dónde se fueron los niños que soñaban con salvar el mundo? ¿En dónde quedaron las ilusiones que inundaron nuestra realidad cuando éramos más pequeños? Dudo mucho que la más grande ilusión de aquellos niños haya sido estar sentados frente a un escritorio, viendo un monitor, esperando con ansias la siguiente quincena (claro, siempre existen excepciones).
Hoy, más que nunca, debemos de recuperar nuestra capacidad de asombro y, más importante aún, debemos procurar que los más pequeños no pierdan la suya. En un mundo donde el contenido es cada vez más fugas y banal y en donde el entretenimiento se abarata y llega a adoptar las formas más absurdas, es importante mantener la llama de la curiosidad encendida. ¿Cuál es el contenido que consumimos a diario? ¿Suma algo a nuestras vidas? Claro está que algo de entretenimiento absurdo no es malo, pero en dosis grandes, puede llegar a mermar nuestro interés y nuestra atención en otras cosas. Con el surgimiento y creciente popularidad del contenido generado por inteligencia artificial, parece imposible seguir el ritmo de las tendencias en redes sociales; un mar de información invade nuestros cerebros a diario, pero ¿cómo logramos despertar el interés por las artes y las ciencias en medio de todo el ruido digital? ¿Cómo despertamos la curiosidad en una mente que prefiere las recompensas a corto plazo? Es un reto enorme, pero probablemente no lo sea tanto si los más grandes comenzamos a pensar como los más chicos.
Los niños tienen una capacidad de aprendizaje y de absorción de información increíble, lo que los hace adaptarse rápidamente al mundo que los rodea apenas y comienzan a moverse. Todo aquello que aprenden es incentivado por una curiosidad natural, una que ha estado ahí desde el origen de nuestra especie. Esta curiosidad da paso a la creatividad y, por más simple que sea al inicio, eventualmente se convertirá en la herramienta más poderosa para crear. La creatividad de un niño no se ve limitada por obstáculos. En la mente de un niño no existen ideologías políticas, burocracias, prejuicios, filosofías o fronteras, solo existe lo nuevo, lo extremo, lo asombroso; todo aquello que rompe con la realidad y la transforma. Dentro de su mente, ellos no son ciudadanos comunes, son superhéroes, inventores, artistas y agentes del cambio, puesto que todo tiene solución y lo que no existe, se crea, por más imposible que parezca. Es por lo que es vital que procuremos que los miembros más jóvenes de nuestra sociedad no se enfrasquen en negatividad, contenido absurdo y banal y en cuestiones que solo conciernen a los adultos, los cuales, dicho sea de paso, debemos de dejar de subestimarlos y comencemos a aprender de su extraordinaria capacidad para imaginar.
El mundo adulto, lejos de ser blanco o negro, es gris. El gris más común y aburrido parece llenar nuestras vidas. Las ilusiones se van, los sueños se quedan como sueños y las grandes expectativas que hacemos sobre nuestra vida se van transformando en silencioso conformismo. Aprendamos de los más chicos, sobre su mundo y sobre su visión. Pongamos atención a sus dudas, a sus intereses y a todo aquello que su mente genera, estoy seguro de que nos sorprenderemos. Hoy más que nunca los adultos debemos pensar como niños y los niños deben pensar menos como adultos. No permitamos que algo tan asombroso y hermoso como la creatividad de un niño se desvanezca en medio del ruido de la sociedad. Quién sabe, tal vez, algún día, esa misma creatividad nos salve.
¡Feliz día del niño!.
