“Soy inocente”: la farsa final de un régimen acorralado
(*)
“Soy inocente. No soy culpable. Soy un hombre decente”. Con esa frase —pronunciada sin rubor, sin pudor y sin el más mínimo asomo de autocrítica— Nicolás Maduro compareció ante la Corte de Nueva York para declararse inocente de los cuatro cargos federales que pesan en su contra. Lo hizo como suelen hacerlo los dictadores cuando el cerco se cierra: apelando a la retórica vacía, al victimismo y a la negación absoluta de una realidad que el mundo conoce desde hace años.
Los cargos que enfrenta no son menores ni producto de una conspiración imaginaria. La justicia estadounidense lo acusa formalmente de narcotráfico internacional, conspiración para introducir cocaína a territorio norteamericano, asociación criminal con organizaciones terroristas y uso del aparato del Estado venezolano...









