Diplomacias entre bromas
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En política internacional, pocas cosas son casuales. Menos aun cuando se trata de monarquías que han sobrevivido siglos afinando el arte de decir mucho sin decirlo todo. La reciente visita de Estado del rey Carlos III a Washington es un ejemplo claro de esa diplomacia que sonríe mientras mide cada palabra, que estrecha manos mientras marca distancia, y que, entre broma y broma, deja ver verdades que no caben en un comunicado oficial.
El encuentro entre el monarca británico y el presidente Donald Trump tenía una carga simbólica evidente. No se trataba únicamente de una visita protocolaria, de esas que llenan agendas con ceremonias, discursos y cenas de gala. Era, sobre todo, un intento por despresurizar una relación que en los últimos meses había acumulado tensiones incómodas, dif...









