
Por Manuel Sepúlveda
La imaginación humana es capaz de gestar ideas que trascienden fronteras, identidades y eras. Muchas veces reducimos la creatividad e innovación humana a todo aquello que se vende bien, a aquello que representa un negocio lucrativo y que se instaura en miles de millones de hogares como parte de la vida diaria. No significa que usar la imaginación para lucrar sea indebido (muchos inventores hubieran terminado en la miseria si hubieran querido convertirse en filántropos), significa que muchas veces ignoramos que los mundos, mensajes e historias que se crean a través de las incontables obras plásticas, dramáticas y literarias terminan trascendiendo más allá de lo que sus creadores pensaban y logran expandirse gracias a las incontables contribuciones de nuevos artistas y autores. En otras palabras, la obra toma vida propia y se vuelve un ente autónomo.
Con el pasar de los años, las obras más grandes y destacadas se instauran en de manera permanente en el consciente colectivo, pero ¿cuál es el valor que le permite a una obra determinada lograr esto? A priori, podríamos pensar que su valor se basa en la popularidad, puesto que, si una obra no logra obtener la empatía de un público determinado, no podrá trascender; sin embargo, reducir el impacto cultural e histórico de una obra a un parámetro tan burdo como la popularidad sería simplista. Una obra trasciende por aquellas reacciones que provoca en el público. Son sus personajes: sus logros, sus caídas, sus vidas y sus muertes lo que nos genera atracción. La empatía que yace latente en cada uno de nosotros encuentra un estímulo enorme en las historias más humanas e, incluso cuando el contexto es enteramente ficticio y fantasioso, logran penetrar nuestras mentes y quedarse en nuestra memoria. La popularidad de cualquier cosa puede hacer que algo dure en la memoria colectiva, pero necesitará ese factor raro, misterioso y sumamente humano para trascender.
Podemos remontarnos a los primeros mitos de la historia humana y pronto nos daremos cuenta de que la gran mayoría de estas historias, fábulas y relatos vivieron mucho más de lo que sus autores imaginaron. Hasta el día de hoy, relatos como La Odisea y La Ilíada siguen estando más vigentes que nunca en nuestra cultura, puesto que forman parte del pilar fundamental de la literatura humana. Otros aún más antiguos, como La Epopeya de Gilgamesh, nos muestran cómo el humano siempre ha buscado crear figuras heroicas y aventuras épicas para retratar los aspectos más inspiradores y poéticos de la vida. Incluso podemos acercarnos un poco más hacia el presente y tomar el ejemplo de los incontables superhéroes que existen en la actualidad, cuyas historias jamás terminan y se van extendiendo como ramas a través de los años. Autores como JRR Tolkien, Isaac Asimov o J.K Rowling probablemente no contaban con que sus obras se convertirían en sagas enormes que llegarían a millones de personas alrededor del mundo y, a su vez, las inspirarían para crear nuevos relatos e historias dentro de los universos que ellos mismos crearon. Todas estas ideas se expanden y, poco a poco, van escapando de las manos del autor.
Así, pequeños universos se gestan dentro de la mente de un autor y, una vez que los libera al mundo, esto comienzan a expandirse y a ser asimilados en la mente de incontables observadores, lectores e incluso críticos. Cada uno de estos actores quitan y añaden elementos que modifican estos universos y, al cabo de un tiempo, se hacen tan grandes que el autor no tiene más remedio que observar cómo sus creaciones se separan de él o ella y crecen con total independencia. El creador, entonces, se convierte en otro observador, uno que, conforme pasan los años, se convierte en cronista de aquello que alguna vez inició como una idea, una partícula, en su vasta imaginación.
