
Por Manuel Sepúlveda
En una era como la nuestra en la que la información (o sobreinformación) es el común denominador en prácticamente todos los aspectos de nuestra vida diaria, es fácil encontrarse perdido en el inmenso mar digital que representa la red moderna. Saltar de una pestaña a otra, de un video al siguiente, de una tendencia a otra en un abrir y cerrar de ojos se ha convertido en una tarea mecánica y, muy a menudo, abrumadora. En un mundo en donde el estrés, la ansiedad y el insomnio afectan a una generación completa, este efecto abrumador termina por poner al cerebro (y su capacidad de atención) como el gran perdedor. No importa cuánta información tengamos a nuestro alcance, si nuestra atención no está focalizada y nuestros pensamientos no se alinean con la tarea que realizamos, el aprendizaje se vuelve nulo.
En las últimas dos décadas y según la opinión de algunos expertos en la materia, el periodo de atención se ha reducido, en promedio, a tan solo 47 segundos. Los más afectados por esta reducción, sin sorpresa alguna, resultan ser los integrantes de las generaciones más jóvenes, los cuáles conforman la base primordial de usuarios de las grandes redes sociales en donde el contenido corto y disruptivo es el más recompensado por los algoritmos que las rigen. El contenido que brinda una satisfacción instantánea, el que produce reacciones inmediatas, es el más deseado por la audiencia moderna, puesto que produce una inyección de dopamina que hace un lado a la realidad y al estrés por un momento. Es aquí en donde dos problemáticas convergen: El contenido fugaz se convierte en una panacea para todas esas mentes ajetreadas que solo buscan un escape del ritmo brutal del mundo moderno.
Cada vez más profesionistas de la educación se ven obligados a buscar nuevas estrategias para que sus alumnos retengan la información de manera efectiva y esto se suma a la larguísima lista de retos que enfrenta la educación moderna, ya que, en un sistema en donde memorizar es la clave, la capacidad de atención se vuelve un tema crítico. Esto provoca un cambio de paradigma, en donde memorizar ya no representa una estrategia efectiva y el sistema debe enseñar a aplicar los conocimientos adquiridos.
No es culpa de los más jóvenes el hecho de pasar más tiempo frente a las pantallas, puesto que esto es solo un producto de la evolución natural de las tecnologías y herramientas de la comunicación y del trabajo. En todo caso, se podría achacar la culpa a los hábitos que se desarrollan al crecer y al aprender. El teléfono celular, por ejemplo, más allá de seguir siendo un mero instrumento de comunicación, se ha convertido en un asistente personal; en una computadora miniatura que almacena casi todos los momentos de nuestra vida diaria, es una herramienta que se ha vuelto más relevante en nuestras vidas. Tampoco es culpa de las herramientas ni de sus desarrolladores el hecho de que nuestra capacidad de atención se vea más y más afectada. No se trata de buscar culpables, puesto que las redes, los comercios y las grandes compañías del mundo solo tienen como objetivo producir ganancias y generar usuarios cueste lo que cueste. El usuario, al final del día, es una figura más en los largos reportes financieros de cada año. Es hora de empezar a hacer uso responsable de las pantallas que forman parte de nuestro día a día.
Claro está que no hay nada de malo en pasar un tiempo frente a la pantalla de vez en cuando, al final, el entretenimiento es algo que es necesario para la mente humana; sin embargo, debemos ser capaces de regular el tiempo que pasamos frente a ella y, sobre todo, regular el contenido que consumimos. Algunos expertos señalan que leer de 30 a 25 minutos, ver una película o enfocarse en alguna tarea que exija nuestra completa atención puede ayudarnos a recuperar nuestra capacidad de atención en general. De igual manera, es nuestra responsabilidad introducir a los más pequeños a las artes y al deporte, dos aspectos de la vida que exigen disciplina y concentración y, más allá de esto, proveen un escape diferente de la realidad, uno que, lejos de alejar los problemas, los convierte en algo que se puede expresar de forma sensible y que genera una conexión con la sociedad.
El abismo de la atención es uno que se hace más grande de manera alarmante, pero que se puede controlar si comenzamos a ser más conscientes de nuestros hábitos.
