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En la política mexicana abundan quienes confunden el liderazgo con la imposición, la popularidad con el derecho a decidir por todos y la inconformidad con una licencia para destruirlo todo. Por eso, al recordar a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, fallecido este miércoles a los 92 años, considero necesario recuperar una lección que parece perder vigencia entre nuestros dirigentes: se puede desafiar al poder sin renunciar a la responsabilidad democrática.
Lo digo desde el reconocimiento histórico, pero también desde una experiencia personal. Tuve el privilegio de conocerlo, conversar con él, recibir sus deferencias y disfrutar de una amistad que siempre apreciaré.
Mi cercanía con Cuauhtémoc tuvo antecedentes familiares. Fue amigo de mi padre y de don Rodolfo González Guevara, entrañable amigo mío, hombre de extraordinaria cultura política y generosidad intelectual. Desde joven procuré relacionarme con personajes experimentados, entre ellos Gustavo Martínez Cabañas y Raúl Salinas Lozano. Sus conversaciones me enseñaron que la política exige conocimientos, sensibilidad histórica y disposición para escuchar opiniones diferentes.
Con don Rodolfo mantuve una relación especialmente cercana durante su desempeño como embajador de México en España, mientras realizaba mis estudios de doctorado en Derecho Administrativo en la Universidad Complutense de Madrid. Su amistad y orientación fueron invaluables. Gracias a él compartí encuentros con Cuauhtémoc, tanto en Madrid como en la Ciudad de México.
Aquellas conversaciones, enriquecidas por la experiencia de ambos, contribuyeron profundamente a mi formación. No pretendo reconstruir expresiones de hace décadas, pero recuerdo la oportunidad de escuchar a protagonistas de acontecimientos que terminarían transformando la vida nacional.
Durante los años ochenta, Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y otros dirigentes promovieron la Corriente Democrática dentro del PRI, cuestionando el autoritarismo, el presidencialismo excesivo y los mecanismos cerrados de selección política. Don Rodolfo compartía importantes inquietudes democratizadoras. Aquella inconformidad desembocó en una ruptura histórica con el régimen hegemónico.
La elección presidencial de 1988 marcó un antes y un después. Cárdenas encabezó el Frente Democrático Nacional frente a Carlos Salinas de Gortari, en unos comicios recordados por la caída del sistema de cómputo y las numerosas denuncias de fraude.
Salinas fue declarado vencedor oficialmente, pero millones de mexicanos cuestionaron aquel resultado. Aunque persisten controversias sobre las dimensiones exactas de las irregularidades y sus consecuencias electorales, resulta imposible desconocer la profunda desconfianza que aquella jornada produjo.
Sin embargo, hay un aspecto que considero particularmente importante.
Cárdenas encabezaba una movilización extraordinaria. Había indignación, frustración y ciudadanos dispuestos a acompañarlo en una resistencia de consecuencias impredecibles. Pudo haber alentado una confrontación radical. No lo hizo.
Mantuvo sus denuncias, continuó movilizando a sus seguidores y construyó alternativas políticas, pero evitó conducir aquella inconformidad hacia una ruptura violenta. No fue resignación ni debilidad. Fue responsabilidad histórica.
De ese movimiento surgió en 1989 el Partido de la Revolución Democrática, que reunió distintas corrientes de izquierda, organizaciones sociales y expresiones progresistas. El PRD contribuyó al pluralismo y modificó las condiciones de competencia electoral.
Cárdenas volvió a contender por la Presidencia en 1994 y 2000. Antes, en 1997, consiguió una victoria histórica al convertirse en el primer jefe de Gobierno del Distrito Federal elegido mediante voto popular. Demostró que la izquierda podía acceder al poder por las urnas y gobernar desde las instituciones que durante años había reclamado transformar.
Pero reconocer sus aportaciones no significa renunciar al análisis crítico.
Siempre he considerado que Cuauhtémoc pudo ejercer un liderazgo más firme y prolongado sobre el PRD. Su autoridad moral y capacidad de convocatoria posiblemente habrían permitido contener disputas internas que terminaron debilitando a aquella organización.
En distintos momentos pareció preferir que las corrientes encontraran sus propios equilibrios, incluso cuando sus enfrentamientos perjudicaban al proyecto colectivo. Quizá habría sido conveniente una conducción más constante de quien había contribuido decisivamente a fundarlo.
Ahí encuentro una paradoja: el hombre capaz de movilizar a millones y desafiar al régimen más poderoso de su tiempo parecía menos dispuesto a intervenir permanentemente en los conflictos de su partido.
Sus diferencias con Andrés Manuel López Obrador también reflejaron distintas concepciones del liderazgo. Compartieron importantes luchas, pero sus caminos terminaron separándose. Cárdenas no acompañó la construcción de Morena ni convirtió sus desacuerdos en una confrontación permanente.
Tal vez pudo hacer más para preservar la identidad y cohesión del perredismo. Aunque también sería injusto atribuirle individualmente las decisiones equivocadas de numerosos dirigentes.
En 2024 volvió a demostrar independencia. Mientras el PRD participaba en una coalición con el PRI y el PAN, encabezada por Xóchitl Gálvez, Cárdenas manifestó que votaría por Claudia Sheinbaum, sin incorporarse a su campaña.
No corresponde atribuirle motivaciones que no expresó. Lo relevante es que mantuvo sus convicciones sin someterse a las exigencias de quienes pretendían imponerle lealtades partidistas.
Con los años continué encontrándome con él y recibiendo deferencias que agradezco profundamente.
Hace aproximadamente doce o trece años aceptó una invitación de JALISCO EN PLENO, organización cívica plural y progresista que fundamos profesionistas, académicos y activistas interesados en analizar la realidad nacional.
Cuauhtémoc acudió a conversar con nosotros sin que mediara interés electoral alguno. Su disposición para dialogar con una organización ciudadana relativamente pequeña demostró una cualidad que siempre aprecié: sabía escuchar sin exigir coincidencias absolutas.
Hace aproximadamente cuatro años aceptó también un desayuno con integrantes de la coordinación del Foro Plural Jalisco. Fue un encuentro cercano, sin discursos preparados ni protocolos innecesarios. En otra ocasión tuvo una deferencia semejante con miembros de los consejos directivo y consultivo de CONFÍO en México.
Además, disfruté numerosas conversaciones personales que conservo entre mis recuerdos más valiosos.
Aquellos encuentros confirmaron que Cárdenas comprendía algo fundamental: la democracia no se construye exclusivamente en los partidos ni se limita a las elecciones. También necesita ciudadanos organizados, espacios de reflexión y disposición para contrastar ideas.
Por eso, cuando recordamos al candidato de 1988, al fundador del PRD, al gobernador de Michoacán, al primer jefe de Gobierno electo de la capital y al hijo del general Lázaro Cárdenas, debemos recordar también al hombre que sabía conversar y mantener vínculos con distintos sectores de la sociedad.
Su trayectoria no estuvo exenta de contradicciones. Algunas decisiones pudieron ser diferentes y ciertas omisiones quizá contribuyeron al deterioro de su partido. Pero ninguna de esas consideraciones cancela su aportación a la democratización de México.
Guardo con enorme afecto nuestras conversaciones, particularmente aquellas compartidas con don Rodolfo González Guevara. Haber conocido a Cuauhtémoc, recibido su amistad y aprendido de su experiencia constituye un motivo de profundo orgullo.
Lo recuerdo como un hombre de convicciones, un demócrata y un patriota. A su familia expreso mis condolencias y respeto. A quienes compartieron sus luchas, mi reconocimiento. Y a él, mi gratitud por su generosidad.
Su partida ocurre cuando México necesita reflexionar sobre el valor de sus instituciones, la tolerancia política y los límites que debe reconocer cualquier ejercicio del poder.
Porque la democracia no puede depender de la voluntad de un dirigente, por popular que sea, ni sobrevivir solamente mientras favorezca a quienes gobiernan. Requiere contrapesos, pluralismo, instituciones y respeto a quienes piensan diferente.
Cuauhtémoc Cárdenas pudo haber elegido otros caminos. En 1988 pudo conducir su inconformidad hacia una confrontación de consecuencias impredecibles. Después pudo ejercer mayor autoridad sobre el partido que fundó. Sus decisiones, acertadas o discutibles, forman parte de una trayectoria que merece reconocimiento.
Su legado pertenece a México, no exclusivamente a la izquierda ni a una organización política.
Y acaso ahí reside la enseñanza más importante que deja su vida: el verdadero tamaño de un dirigente no se mide únicamente por el poder que consigue acumular, sino también por los límites que sabe imponerse cuando tiene la fuerza suficiente para rebasarlos.
Cuauhtémoc Cárdenas desafió al sistema, pero no hizo de la confrontación un destino inevitable.
En tiempos en que tantos políticos parecen dispuestos a sacrificar las instituciones para conservar el poder, recordar esa diferencia no es solamente rendir homenaje a un hombre.
Es recordar una responsabilidad que México no puede darse el lujo de olvidar.
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@salvadorcosio1
(*) Salvador Cosío Gaona. Es Abogado por la U de G, con estudios de posgrado en Administración Pública, Economía Política, Economía del Sector Publico, Administración Municipal, Finanzas Publicas, Administración y Desarrollo de Recursos Humanos, Financiamiento para el desarrollo y Políticas Publicas, en diversas instituciones. Tiene el Grado de Doctor en Derecho con la distinción Maxima Cum Laude en la Universidad Complutense de Madrid en España.
