Miércoles 15 de Julio de 2026
Shadow

Excesos y torpezas en la semana de Trump

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La semana que termina para Donald Trump no es una más en la turbulenta cronología de su presidencia; es, en muchos sentidos, un compendio de decisiones precipitadas, declaraciones desafortunadas y señales preocupantes sobre el rumbo de la política exterior de Estados Unidos. Lo que debería ser una estrategia de Estado parece más bien una cadena de impulsos, donde la improvisación sustituye al cálculo y la retórica estridente intenta ocultar la ausencia de un plan claro.

La renuncia del director antiterrorista —un hecho que por sí mismo habría sacudido cualquier administración— adquiere una dimensión todavía más delicada cuando se conocen las razones de fondo: la guerra contra Irán no era inevitable, ni necesaria, ni estratégicamente sólida. No se trataba de una amenaza inminente que obligara a una respuesta armada, sino de una escalada que pudo haberse contenido por la vía diplomática. Esa salida abrupta deja al descubierto lo que muchos sospechaban: que la decisión de ir a la guerra no obedeció a una evaluación integral de riesgos, sino a una narrativa construida para justificar lo que ya estaba decidido de antemano.

Y mientras los ecos de esa dimisión aún resuenan en Washington, el propio Trump se encarga de añadir leña al fuego con un comentario que, por donde se le mire, resulta inaceptable. Comparar los bombardeos contra Irán con el ataque a Pearl Harbor, y hacerlo además frente a la representante de Japón, no es solo una torpeza diplomática: es una muestra de insensibilidad histórica. Pearl Harbor no es una metáfora ligera ni un recurso retórico; es una herida profunda en la memoria de Estados Unidos y un punto de quiebre en la historia mundial. Convertirlo en un “chiste” o en una analogía superficial habla de una frivolidad que no debería tener cabida en quien ostenta el poder más influyente del planeta.

Pero si algo ha marcado esta semana es la creciente fractura entre Estados Unidos y sus aliados tradicionales. La relación con la OTAN atraviesa uno de sus momentos más tensos en décadas. Trump no solo ha reprochado la falta de apoyo en la ofensiva contra Irán, sino que ha elevado el tono hasta niveles que rozan la confrontación abierta con países europeos. En lugar de construir consensos, opta por el señalamiento; en lugar de liderar, confronta. Y en ese juego, quienes pierden no son únicamente los gobiernos, sino la estabilidad de un sistema internacional que, con todos sus defectos, ha evitado conflictos de mayor escala durante generaciones.

La guerra, mientras tanto, avanza con un costo que ya empieza a ser inocultable. Trece militares estadounidenses muertos y más de 230 heridos en apenas tres semanas no son cifras menores, aunque se intenten diluir en el discurso oficial. Detrás de cada número hay historias, familias, vidas truncadas. Y a eso se suma el costo económico: 200 mil millones de dólares adicionales solicitados al Congreso, en un contexto en el que la opinión pública comienza a cuestionar no solo la necesidad del conflicto, sino su viabilidad a largo plazo.

Porque esa es la pregunta que nadie en la Casa Blanca parece dispuesto a responder con claridad: ¿cómo termina esta guerra? No basta con afirmar, como lo hizo Trump en redes sociales, que se está “muy cerca” de cumplir los objetivos militares. Esa frase, repetida tantas veces en distintos conflictos a lo largo de la historia, suele ser el preludio de estancamientos prolongados. La experiencia de guerras pasadas —desde Irak hasta Afganistán— debería servir como recordatorio de que iniciar un conflicto es relativamente sencillo; salir de él, en cambio, puede tomar años o incluso décadas.

El problema de fondo es que no se vislumbra una estrategia de salida. Hay despliegue de tropas, hay ataques, hay retórica triunfalista, pero no hay una hoja de ruta que explique qué sigue después. ¿Se busca un cambio de régimen en Irán? ¿Una negociación forzada? ¿Una demostración de fuerza para consumo interno? Cada día parece traer una respuesta distinta, y esa ambigüedad es, en sí misma, un riesgo.

En el ámbito interno, las tensiones también crecen. Legisladores de ambos partidos comienzan a alzar la voz, cuestionando la legalidad de una guerra emprendida sin el respaldo claro del Congreso. La Constitución estadounidense no es un mero trámite, y el uso de la fuerza militar sin autorización legislativa abre un debate que va más allá de esta coyuntura: pone en juego el equilibrio de poderes y los límites del Ejecutivo en materia de guerra.

Pero más allá de las discusiones jurídicas, hay un elemento político que Trump parece subestimar: el desgaste. Las guerras, sobre todo aquellas que no tienen un objetivo claro ni un final previsible, erosionan el respaldo ciudadano. Al principio pueden generar un efecto de unidad, un cierre de filas en torno al liderazgo. Pero con el paso del tiempo, cuando las bajas aumentan y los costos se disparan, ese respaldo se transforma en cuestionamiento, y luego en rechazo.

Lo ocurrido esta semana sintetiza ese punto de inflexión. La renuncia del responsable antiterrorista evidencia fisuras internas; el comentario sobre Pearl Harbor exhibe una preocupante falta de sensibilidad; los ataques a la OTAN revelan un aislamiento creciente; y las cifras del conflicto muestran una realidad que ya no puede maquillarse.

Trump insiste en que está cerca de alcanzar sus objetivos. Pero la historia enseña que la cercanía en la guerra es una ilusión peligrosa. A veces, cuando se cree estar a punto de ganar, es precisamente cuando se está entrando en el terreno más incierto.

La pregunta, entonces, no es si Estados Unidos puede ganar esta guerra en términos militares. La verdadera interrogante es si puede sostenerla política, económica y moralmente. Y a juzgar por lo visto en estos días, la respuesta empieza a inclinarse hacia un terreno incómodo.

Porque gobernar no es lanzar frases contundentes ni escalar conflictos para demostrar fuerza. Gobernar implica medir consecuencias, construir alianzas y, sobre todo, entender que el poder conlleva una responsabilidad que no admite frivolidades.

La semana de Trump no deja victorias claras, pero sí muchas señales de alerta. Y cuando esas alertas provienen tanto del exterior como del interior, lo prudente no es redoblar la apuesta, sino replantear el camino.

El problema es que, hasta ahora, no hay indicios de que eso vaya a ocurrir. Y en política internacional, la terquedad suele ser más costosa que el error inicial.

opinion.salcosga23@gmail.com

@salvadorcosio1

(*) Salvador Cosío GaonaEs Abogado por la U de G, con estudios de posgrado en Administración Pública, Economía Política, Economía del Sector Publico, Administración Municipal, Finanzas Publicas, Administración y Desarrollo de Recursos Humanos, Financiamiento para el desarrollo y Políticas Publicas, en diversas instituciones. Tiene el Grado de Doctor en Derecho con la distinción Maxima Cum Laude en la Universidad Complutense de Madrid en España.

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