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José Jerí ya es pasado en un país que mastica presidentes con la misma facilidad con la que otros cambian de gabinete. Su destitución no sorprende, aunque sí vuelve a sacudir una escena política que parece vivir en estado de sobresalto permanente. En Perú, gobernar se ha vuelto un acto de equilibrio sobre arenas movedizas, y quien se atreve a pararse en el centro termina, casi siempre, tragado por el suelo.
Lo de Jerí no fue una caída estrepitosa, sino una erosión constante. Ocho meses bastaron para confirmar que el problema no es el nombre del presidente, sino el sistema que lo rodea. Siete mandatarios en diez años no hablan de mala suerte, sino de un diseño institucional enfermo, de una política convertida en ring y de una clase dirigente incapaz de convivir con la mínima estabilidad.
Su llegada al poder ya estaba marcada por la provisionalidad. Investido tras la destitución de Dina Boluarte, Jerí asumió como presidente de tránsito, administrador del tiempo muerto entre una crisis y la siguiente elección. No llegó con un proyecto de país, sino con la encomienda de no incendiar lo poco que quedaba en pie. Y aun así, terminó consumido por el fuego cruzado.
La presidencia peruana dejó de ser un espacio de conducción para convertirse en un blanco móvil. Cada mandatario entra con la certeza de que el reloj corre en su contra, de que cualquier error, o incluso cualquier pretexto, puede convertirse en causal de salida. El Congreso no legisla: vigila, acecha, calcula. Y cuando percibe debilidad, muerde.
La destitución de Jerí no puede entenderse sin mirar el papel del Congreso de Perú, un órgano que hace tiempo dejó de ser contrapeso para asumirse como protagonista central del poder. No hay cooperación entre poderes, hay competencia descarnada. No hay debate político, hay vendetta. El Congreso se ha vuelto juez, fiscal y verdugo, mientras el Ejecutivo apenas sobrevive a la defensiva.
Jerí pagó el costo de esa dinámica. Su margen de maniobra era mínimo y su respaldo político, frágil. Gobernó con el temor constante de la interpelación, de la censura, del juicio político express. En ese contexto, cualquier decisión se vuelve sospechosa y cualquier omisión, imperdonable. No se gobierna para transformar, se gobierna para resistir. Y aun así, no alcanza.
Pero sería injusto cargar toda la culpa al Congreso. La presidencia también se ha vaciado de autoridad. Los últimos mandatarios peruanos han llegado al cargo sin partidos sólidos, sin bancadas leales, sin una narrativa que los sostenga. Presidentes sin partido en un país con demasiados partidos; presidentes sin calle en una nación acostumbrada a protestar. Así, el sillón presidencial se convierte en trampa.
El caso de Jerí exhibe además la paradoja del mandato breve. Ocho meses parecían poca cosa, un trámite. Sin embargo, en el Perú actual, ocho meses son una eternidad. Bastan para acumular desgaste, enemigos y sospechas. Bastan para que la oposición encuentre el hilo del que tirar. Bastan para confirmar que nadie gobierna en serio, pero todos conspiran a fondo.
Hay algo más profundo, una crisis de legitimidad que atraviesa a toda la política peruana. La ciudadanía observa con hastío cómo los presidentes caen uno tras otro, sin que eso mejore su vida cotidiana. La destitución se ha normalizado, la excepcionalidad se volvió regla. Y cuando todo es excepcional, nada importa demasiado.
El problema es que este ciclo no se agota solo. Cada destitución refuerza la siguiente. Cada presidente que no termina su mandato deja la sensación de que el cargo es prescindible, de que el voto popular puede ser corregido en el hemiciclo. Así, el Congreso se siente autorizado a seguir interviniendo y el Ejecutivo, condenado a la debilidad estructural.
Perú vive una democracia formal con prácticas de demolición constante. No hay golpes militares, pero sí golpes parlamentarios. No hay dictaduras, pero sí gobiernos amputados. La institucionalidad existe en el papel, pero en la práctica se desangra. Y en ese escenario, figuras como Jerí no son causa, sino síntoma.
Lo más preocupante no es que haya sido destituido, sino que su salida no provoca sorpresa ni indignación masiva. Se asume como parte del paisaje. Otro presidente menos, otro nombre que se suma a la lista. La política peruana se ha vuelto predecible en su inestabilidad, rutinaria en su crisis.
Mientras tanto, el país sigue esperando. Esperando que el próximo presidente dure más de un año. Esperando que las elecciones de abril no sean solo el prólogo de la siguiente destitución. Esperando que alguien logre romper el círculo vicioso entre un Congreso voraz y un Ejecutivo endeble.
José Jerí se va sin gloria y sin estridencia, como se van casi todos en Perú. Su legado no es una obra ni una reforma, sino una estadística más. Séptimo presidente en diez años. Sexto que no completa su mandato. Números que retratan mejor que cualquier discurso el estado de la política peruana.
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@salvadorcosio1
(*) Salvador Cosío Gaona. Es Abogado por la U de G, con estudios de posgrado en Administración Pública, Economía Política, Economía del Sector Publico, Administración Municipal, Finanzas Publicas, Administración y Desarrollo de Recursos Humanos, Financiamiento para el desarrollo y Políticas Publicas, en diversas instituciones. Tiene el Grado de Doctor en Derecho con la distinción Maxima Cum Laude en la Universidad Complutense de Madrid en España.
