Con el avance constante de la tecnología, ideas que hace unas décadas parecían exclusivas de la ciencia ficción comienzan a asomarse como posibilidades reales. Una de ellas es la inquietante y fascinante idea de recuperar recuerdos de personas fallecidas.
Un estudio publicado en la revista especializada PLOS ONE abordó esta cuestión, explorando si los recuerdos pueden almacenarse de forma lo suficientemente estable como para ser extraídos incluso después de la muerte. La investigación, encabezada por el neurocientífico australiano Ariel Zeleznikow-Johnston, revela que más del 70 % de los especialistas encuestados cree que, en ciertas condiciones, recuperar memorias de fallecidos podría ser posible… siempre que el cerebro haya sido preservado adecuadamente.
Zeleznikow-Johnston consultó a 312 científicos del área de la neurociencia, de los cuales el 40 % consideró realizable la posibilidad de extraer recuerdos de una persona muerta, sobre todo si se avanza en el estudio del conectoma: la red única de conexiones neuronales que codifica nuestras experiencias, pensamientos y, en cierto modo, nuestra identidad.
La mayoría de los expertos coincidió en que la memoria tiene un sustrato físico, es decir, una base material que no se desvanece de inmediato tras la muerte. Sin embargo, preservar esa estructura intacta y funcional es uno de los principales retos para lograrlo.

La criopreservación cerebral —una técnica común en relatos de ciencia ficción como Interestelar— se perfila como la clave para conservar esa información en el futuro. Pero la línea de tiempo aún es lejana: según estimaciones de los especialistas, podríamos ver la recuperación de recuerdos de gusanos en 2045, de ratones en 2065… y de humanos no antes del año 2125.
Don Arnold, neurocientífico de la Universidad del Sur de California, explicó a Live Science que, si existiera un modelo completo del cerebro humano (algo que aún no se ha logrado), en teoría se podrían localizar áreas específicas relacionadas con recuerdos concretos. No obstante, recordó que los recuerdos no están almacenados en un solo punto, sino que están dispersos por todo el cerebro, lo cual complica aún más su recuperación.
Además, la memoria humana no es una grabación fiel del pasado. Según Charan Ranganath, director del programa de Memoria y Plasticidad en la Universidad de California, Davis, recordar es un proceso reconstructivo. Es decir, no reproducimos exactamente lo que ocurrió, sino que reconstruimos fragmentos, emociones y percepciones, que pueden distorsionar lo que realmente pasó.
“Le damos significado a lo que recordamos. No revivimos el pasado, sólo imaginamos cómo pudo haber sido”, explica Ranganath. Por eso, aunque algún día logremos acceder a recuerdos físicos, quizás nunca recuperemos la experiencia humana completa tal como la vivió esa persona.
Hasta que la ciencia logre desentrañar ese rompecabezas, la memoria seguirá yéndose con quienes ya no están.
