Viernes 6 de Marzo de 2026
Shadow

El meteoro que borró a los dinosaurios

La teoría del meteorito que acabó con los dinosaurios es una de las más aceptadas por la comunidad científica. Según esta hipótesis, hace aproximadamente 66 millones de años, un asteroide impactó la Tierra con una energía equivalente a más de mil millones de bombas atómicas como la de Hiroshima, provocando un colapso global de los ecosistemas. Su llegada marcó el final del período Cretácico y provocó la extinción del 75% de las especies del planeta, incluidos los dinosaurios no aviares.

El meteorito tenía un diámetro estimado de 10 a 12 kilómetros, similar al tamaño de toda la isla de Cozumel o equivalente a un recorrido de punta a punta de la ciudad de Guadalajara. Para dimensionarlo aún más, su volumen se compara al de una montaña completa, como el Nevado de Colima. Ese cuerpo rocoso, al ingresar a la atmósfera a unos 20 kilómetros por segundo, generó ondas de choque, incendios globales y una nube de polvo que bloqueó la luz solar durante meses.

El impacto ocurrió en lo que hoy conocemos como el cráter de Chicxulub, localizado entre la costa norte de la península de Yucatán y el Golfo de México. Una parte del cráter se ubica bajo el mar y otra bajo sedimentos continentales. En el momento del impacto, la zona era poco profunda y rica en carbonatos, lo que potenció la liberación de partículas y gases que aceleraron la catástrofe climática.

A pesar de su tamaño —un cráter de aproximadamente 180 kilómetros de diámetro— la huella del impacto no es visible a simple vista en la superficie terrestre. Esto se debe a que la península de Yucatán está compuesta por gruesas capas de roca caliza que, con el paso de millones de años, cubrieron y suavizaron cualquier relieve. Procesos geológicos como la erosión, la sedimentación y el levantamiento tectónico borraron todo rastro superficial del enorme golpe.

La evidencia del cráter se conoce gracias a estudios geofísicos, mapeos de gravedad y perforaciones profundas que revelan un anillo estructural característico de impactos gigantes. Las rocas fundidas, los minerales alterados por altas presiones y las capas de ceniza distribuidas en distintos puntos del planeta confirman su origen catastrófico. Este impacto es uno de los más grandes identificados en la historia de la Tierra.

El meteorito de Chicxulub sigue siendo un recordatorio de la vulnerabilidad del planeta ante eventos cósmicos, pero también de cómo un suceso de segundos puede cambiar millones de años de evolución. Hoy, su historia continúa alimentando investigaciones, documentales, modelos computacionales y teorías sobre cómo fue posible que, tras la extinción de los dinosaurios, los mamíferos —y eventualmente los seres humanos— pudieran abrirse paso en un mundo profundamente transformado.

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