Viernes 6 de Marzo de 2026
Shadow

Londres y la peligrosa normalización del odio

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Lo que ocurrió el pasado sábado en Londres no debe verse como un episodio menor ni como una manifestación anecdótica. Miles de personas marcharon enardecidas bajo el lema “Unir el Reino”, encabezadas por Tommy Robinson, figura emblemática de la extrema derecha británica, con el propósito de protestar contra el incremento de migrantes que llegan en frágiles embarcaciones cruzando el Canal de la Mancha. Más que una expresión de unidad, lo que el mundo presenció fue la puesta en escena de un país atrapado en el discurso excluyente, con el populismo del miedo como motor y la erosión de valores democráticos como telón de fondo.

Robinson, cuyo verdadero nombre es Stephen Yaxley-Lennon, no es un improvisado. Fundó la English Defence League, un movimiento con un fuerte componente islamófobo y antinmigrante, y se ha convertido en portavoz de un resentimiento que atraviesa a sectores sociales británicos que se sienten despojados por la globalización, el multiculturalismo y la incertidumbre económica. Su discurso simplifica hasta la caricatura problemas complejos: señala al migrante como culpable de la inseguridad, del desempleo y de la pérdida de identidad nacional. Y esa narrativa, tan repetida en distintas latitudes, conecta con un público ansioso de certezas fáciles.

El fenómeno no es exclusivo del Reino Unido. Estados Unidos ya vivió episodios similares con Donald Trump y sus diatribas contra los latinoamericanos. Francia lo ha visto crecer en la figura de Marine Le Pen, que insiste en demonizar a los refugiados. Italia ha hecho lo propio con Matteo Salvini, quien se niega a recibir a quienes huyen de África. Lo que pasa en Londres confirma una tendencia global: el resurgimiento de nacionalismos cerrados que buscan refugiarse en la nostalgia de un país imaginario, homogéneo, que en realidad nunca existió.

La paradoja es evidente. El Reino Unido cimentó buena parte de su prosperidad en siglos de colonialismo, explotando territorios en Asia, África y el Caribe. Hoy, los descendientes de esos pueblos forman parte esencial de la vida británica. Ciudades como Londres, Birmingham o Manchester son crisol de culturas, economías y comunidades. Y, sin embargo, hay una corriente política que insiste en negar esa realidad, que pretende replegar al país en una identidad rígida y excluyente.

La marcha de Londres debe entenderse como un síntoma de algo más profundo: Europa entera atraviesa una crisis de identidad que ha alimentado el auge de partidos y movimientos antiinmigrantes. Lo preocupante es que, si las democracias toleran la normalización del extremismo, pronto podrían ver cómo políticas discriminatorias y autoritarias se vuelven parte de su cotidianidad. No es una exageración: basta revisar la historia reciente para comprobar que cada vez que el odio se convierte en programa político, las consecuencias son devastadoras.

La migración, es cierto, plantea retos enormes. El arribo constante de miles de personas exige políticas claras, realistas y humanitarias. Se necesita equilibrio entre la seguridad y la solidaridad. Pero lo que no se puede permitir es que los migrantes sean criminalizados mientras se le otorga voz y protagonismo a quienes construyen su carrera política sobre el rechazo al diferente. Esa inversión de valores debilita a las democracias y fractura el tejido social.

Los medios de comunicación también juegan un papel determinante. Si narran estas marchas con tono neutral, como si fueran simples expresiones legítimas de protesta, sin explicar el trasfondo xenófobo que las impulsa, terminan legitimando el odio. La responsabilidad es, entonces, dar contexto, mostrar las causas reales y abrir espacios a la reflexión. La sociedad civil tampoco puede permanecer pasiva: universidades, sindicatos, organizaciones comunitarias y líderes culturales deben reafirmar la narrativa de la inclusión frente a la propaganda de la exclusión.

El lema de la marcha, “Unir el Reino”, encierra una ironía amarga. No se construye unidad con odio ni con miedo, y mucho menos con exclusión. Un verdadero proyecto de cohesión para el Reino Unido tendría que partir de reconocer su diversidad, de asumir que su historia y su grandeza se han escrito gracias al encuentro de culturas, al aporte de comunidades migrantes y a la apertura al mundo. Negar esa evidencia sería condenarse al retroceso.

Lo que vimos en Londres es un espejo del tiempo que vivimos. No se trata de una historia local, sino de una advertencia global. La ola del extremismo avanza y amenaza con convertirse en norma si no se le enfrenta con firmeza. Los gobiernos tienen la obligación de defender la democracia y los derechos humanos; los ciudadanos, de no dejarse arrastrar por el miedo; los medios, de no convertirse en cómplices del odio.

La historia nos recuerda que cada vez que la xenofobia y el populismo se instalan como política, las sociedades terminan pagando un costo muy alto. Hoy todavía existe la oportunidad de elegir otro rumbo. Ojalá que el Reino Unido, y con él el mundo, comprendan que la verdadera fortaleza está en la diversidad, en la convivencia y en el respeto a la dignidad humana.

opinion.salcosga23@gmail.com

@salvadorcosio1

(*) Salvador Cosío GaonaEs Abogado por la U de G, con estudios de posgrado en Administración Pública, Economía Política, Economía del Sector Publico, Administración Municipal, Finanzas Publicas, Administración y Desarrollo de Recursos Humanos, Financiamiento para el desarrollo y Políticas Publicas, en diversas instituciones. Tiene el Grado de Doctor en Derecho con la distinción Maxima Cum Laude en la Universidad Complutense de Madrid en España.

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