
Por Manuel Sepúlveda
El carbón, el oro y el petróleo han sido las materias primas del progreso económico de la humanidad por siglos. Desde el momento en el que se descubrió el potencial de estos minerales, no se dudó ni por un segundo explotar su potencial para dar energía (y riqueza) al mundo. Hemos encontrado la manera de aprovechar, refinar y mejorar todo aquello que sale de la tierra en nombre del conocimiento, pero ¿qué sucede cuándo el conocimiento toma un rumbo subjetivo? Si bien es verdad que adquirir el conocimiento absoluto de la naturaleza y sus leyes es una tarea imposible, hemos logrado observar, descifrar y manipular nuestro entorno con increíble precisión, incluso sabiendo que existen vacíos dentro de nuestro entendimiento de las cosas.
Son estos vacíos de conocimiento los que siguen invitando a las grandes mentes a resolver las grandes incógnitas de nuestro mundo y del universo, pero también mantienen latente el demonio de la ignorancia. Es ahí, en estas lagunas, en donde el conocimiento se vuelve una palabra más y queda a la merced de la interpretación y en donde, quizá, la información que lo conforma obtiene su mayor valor o, en otras palabras, se convierte en el recurso más codiciado.
A inicios del siglo XXI, cuando el internet estaba apenas en su infancia, la información que flotaba en la red era limitada, pero mostraba un potencial enorme para todo aquel que tuviera la capacidad de acceder a ella. La biblioteca más grande jamás creada abrió sus puertas y se puso a disposición de todo aquel que quisiera consultarla o alimentarla. La información siempre ha sido un recurso valioso para la humanidad; siempre hemos estado tras de ella, no importa qué tan crítica o banal sea. Desde la antigüedad, la información que se compartía entre culturas era vital para la supervivencia, incluso si esta ameritaba la guerra.
Hasta el día de hoy, la naturaleza de la información como recurso de supervivencia no ha cambiado mucho en este aspecto, pero su valor educativo, comunicativo e incluso económico se ha elevado de manera exponencial para todo aquel que está dispuesto a explotarlo. Nombres, domicilios, ocupaciones, intereses, preferencias, hábitos de compra, inclinaciones políticas, identidad de género, actividades recreativas, estudios, rangos de edades, etc.
Se han convertido en información de valor incalculable para las empresas de publicidad y mercadotecnia y, lo mejor para ellas, es que está a su disposición gracias a la miríada de redes sociales que albergan miles de millones de perfiles que alimentan a los algoritmos que rigen las tendencias y opiniones de la sociedad. Pero, surge la pregunta: ¿Qué sucede con la información que conforma al llamado “conocimiento general”? Esta, a diferencia de los datos personales, está, hoy más que nunca, a merced de la libre interpretación.
El alunizaje inventando y la Tierra plana son dos de las más populares teorías de conspiración que, de manera sorpresiva, han ganado notoriedad en los últimos años. ¿Por qué? ¿Cómo es que dos teorías de conspiración (de las cuáles una de ellas data de épocas incluso anteriores al medioevo) hayan cobrado tanta fuerza en una era en la que contamos con la mayor cantidad de información científica y a disposición del público en general?
La respuesta parece ser evidente, y es que en nuestro afán de alimentar la biblioteca más grande la humanidad, la hemos saturado de información sin filtro, especialmente de aquella que es falsa e inútil. Surge entonces la terrible (y hasta cierto punto lógica) duda: ¿Cómo sé yo que esa información es falsa? ¿Cómo sé que lo que sé y creo es verdad? ¿Qué es verdad? ¿Qué es falso? El conocimiento científico se vuelve interpretativo en la mente del público y la información falsa se convierte pues, en un recurso retorcido de alto valor para aquel que sepa comunicarla de manera convincente.
Discernir entre la verdad y la mentira se convierte en una tarea secundaria y en un debate eterno de manera simultánea. ¿Qué sucede cuándo se dejan de lado el pensamiento y razonamiento críticos? La curiosidad corre rampante y no discierne sobre lo que es cordura o locura; solo busca saciarse. Parece que la verdadera persecución del conocimiento se ha relegado a los científicos y especialistas, cuyas voces muchas veces quedan de lado debido al escepticismo generado por las masas.
El conocimiento, entonces, se llena de pedazos de información de dudosa procedencia. La verdad se convierte en una posesión propia, aislada del mundo exterior, en donde se alimenta únicamente de la convicción de quien la posea. La mentira pues, será todo aquello que cuestione esa verdad, y es así, con esta visión, el cómo se deja de cuestionar toda creencia, desmoronando por completo la propia esencia de la búsqueda del saber. La duda se convierte en un arma mal empleada para el escéptico, puesto que la duda por si sola no plantea ningún argumento, solo queda ahí, en medio del camino.
La era de la información parece estar tomando un rumbo un tanto irónico: en una época en la que la humanidad tiene a su disposición una cantidad enorme de conocimiento, esta prefiere ignorarlo, desecharlo e ir por aquello que le convenga más, sin importar si es falso o erróneo. Poco a poco, la búsqueda y adquisición de información se convierte en una actividad emocional, despojada de criterio o razonamiento, con la única tarea de validar una verdad unilateral. La paradoja está sobre la mesa, solo el tiempo dirá si decidimos resolverla o vivir en la feliz dimensión de la ignorancia.

Efectivamente el tiempo marcará lo que la información será en un futuro para las siguientes generaciones.