Sábado 7 de Marzo de 2026
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Guadalajara también en una laguna

SIN PEDIR AUDIENCIA

Por Carlos Martínez Macías (*)

Guadalajara, la capital de Jalisco, fue construida sobre un complejo sistema de ríos, arroyos y cuencas naturales que hoy permanecen, en su mayoría, sepultados bajo calles, avenidas y desarrollos urbanos.

A diferencia de lo que sucede con grandes ciudades del mundo que han convertido su principal afluente en un atractivo turístico, como el Sena en París, el Támesis en Londres o el Tíber en Roma, en la perla tapatía los entubaron para convertirlos en simples drenajes o los sepultaron en “aras del progreso”.

El caso más conocido es el del río San Juan de Dios. A principios del siglo pasado las descargas a cielo abierto de drenajes de la ciudad corrían por gravedad y llegaban al río, lo que pronto fue denunciado como un foco de infección.

En lugar de encontrar soluciones alternas, el afluente de la hoy Calzada Independencia, fue entubado y convertido en la década de los años cuarenta en un colector de aguas negras.

Fue de sobra conocido el problema de ingeniería que se toparon quienes construían la Línea 2 del Tren Eléctrico Urbano en el cruce de Juárez, por lo que optaron por instalar un sifón en 1990 y dejar el paso libre a esta infraestructura subterránea.

La obra, aunque funcional, ha sido insuficiente para mitigar las inundaciones, pues el caudal del agua durante tormentas intensas supera su capacidad. En lugar de liberar presión, en ocasiones actúa como un cuello de botella que multiplica los encharcamientos en zonas bajas del centro.

Históricamente, el sistema natural de ríos en Guadalajara incluía el río Atemajac, el río Seco, el arroyo San Andrés, el río Blanco y el ya mencionado San Juan de Dios. Todos fueron canalizados o entubados en distintas etapas del siglo XX, con la idea de controlar su curso y evitar desbordamientos. Pero al desaparecerlos de la superficie, también se eliminó su función como drenaje natural, lo que ha multiplicado los efectos de las lluvias en una ciudad cada vez más impermeabilizada.

Por lo menos en los últimos 30 años, en la zona metropolitana de Guadalajara han pretendido resolver el problema de las inundaciones con vasos reguladores de escurrimientos y afluentes. Estas estructuras tienen la finalidad de contener temporalmente el agua de lluvia y liberarla lentamente hacia los colectores.

No obstante, en la práctica, muchos están mal ubicados, saturados por basura o han perdido capacidad por falta de mantenimiento. Un ejemplo de ello es el vaso regulador de El Deán cuya capacidad original era de 200 mil metros cúbicos, pero hoy retiene menos de 140 mil por el azolve acumulado.

También las inundaciones suceden por el colapso de antiguas cuencas que aún existen bajo el pavimento. En la zona de Plaza del Sol, las avenidas López Mateos y Mariano Otero se ven anegadas por la descarga descontrolada de la cuenca de El Ahogado que baja desde la zona sur del municipio de Tlaquepaque. Esta cuenca arrastra millones de litros de agua que, al no tener canales abiertos, terminan atrapados en calles diseñadas sin pendiente ni desfogues.

Otro punto crítico es la zona de Plaza Patria, donde históricamente fluía el arroyo Atemajac. A pesar de estar una parte entubado, el volumen de agua que baja desde Zapopan, especialmente desde el Colli, provoca constantes inundaciones en avenidas como Ávila Camacho, Patria y Américas. Tan solo en una tormenta intensa pueden acumularse más de 1.5 millones de litros en cuestión de minutos, lo suficiente para llenar varias albercas olímpicas o provocar que el tránsito se detenga por completo.

En lugar de impulsar una cultura de uso eficiente del agua, su aprovechamiento y reutilización, las autoridades apuestan a programas efectistas con tinacos y cisternas de almacenamiento, que apenas atienden una parte mínima del problema.

Tampoco se han realizado modificaciones legales para obligar a desarrolladores que las nuevas construcciones cuenten con pozos de absorción, sistemas de almacenamiento y empedrados o materiales que faciliten la absorción de las aguas pluviales.

Tres ejemplos muestran que esta apuesta es posible. Las colonias Ciudad Granja, Seattle y Las Fuentes, son prueba de la vegetación y microclimas que se consiguen con empedrados en lugar de pavimentos o concretos.

Hoy que la metrópoli padece los estragos de las inundaciones que son resultado de la falta de planeación, corrupción, improvisación y omisiones, comienza a plantearse la alternativa del drenaje profundo, como la “solución mágica”.

Pero sería bueno revisar el caso de la Ciudad de México con este sistema que acaba de cumplir 50 años. Pasó de costar en los setentas de 15 mil a 30 mil millones de pesos y el costo anual ahora por el mantenimiento y operación del drenaje profundo, pasó de 8 mil a 17 mil millones de pesos.

Si en Guadalajara no han logrado renovar las redes de agua y drenaje del SIAPA que se acercan al siglo, mucho menos van a poder con el drenaje profundo.

Por cierto, con todo y este sistema, la Ciudad de México sigue inundándose y Guadalajara está también ya en una laguna.

(*) Carlos Martínez MacíasDirector General de Paralelo 20. Es un periodista de larga trayectoria en prensa, radio, televisión y medios digitales. Ha realizado coberturas especiales en México y el extranjero. Ganador del Premio Jalisco de Periodismo.

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