En la Zona Metropolitana de Guadalajara, el suelo se ha vuelto traicionero. De forma sorpresiva, el asfalto cede, se abre la tierra y aparecen profundos socavones que representan un peligro latente para peatones, automovilistas y viviendas.
En los últimos años, estos hundimientos se han vuelto cada vez más frecuentes, especialmente durante la temporada de lluvias, cuando el reblandecimiento del terreno saca a flote un problema estructural que se ha ignorado por décadas.

Las causas son múltiples. La sobreexplotación de los mantos freáticos, las fugas en redes de agua potable y drenaje, así como la construcción urbana sobre terrenos inestables, son algunos de los principales detonantes. A esto se suma que la metrópoli crece sobre un subsuelo frágil, con cavernas naturales, flujos subterráneos y zonas donde antiguamente hubo actividad minera y volcánica. El desgaste del suelo por filtraciones constantes debilita la superficie hasta colapsar sin previo aviso.
Jalisco, por su ubicación geológica, es una región de origen volcánico. El nombre de “tierra de jales” proviene precisamente de los residuos de la actividad minera y volcánica del pasado. En toda el Área Metropolitana existen capas de ceniza, piedra pómez y roca basáltica que conviven con enormes reservorios de agua subterránea. Esto favorece la formación de cavidades y filtraciones invisibles que, en combinación con lluvias intensas o fallas en infraestructura, pueden derivar en el colapso del suelo.

El mega socavón registrado el pasado viernes 4 de julio en la colonia El Bethel de más de 20 metros de largo y cuatro de profundidad, debido a una falla súbita en la infraestructura pluvial de avenida Malecón, es el más grande en la historia.
Cuatro días después, tuvo lugar durante la madrugada de este martes 8 de julio un nuevo hundimiento en el cruce de las calles Privada Misioneros y Frailes, en la colonia La Duraznera del municipio de Tlaquepaque y en el mismo día sucedió otro socavón que se formó repentinamente en la intersección de las calles Pánfilo Pérez y Álvaro Obregón, en la colonia La Penal de Guadalajara.
En la historia de la ciudad de los socavones, se encuentra el de la colonia El Colli Urbano, en Zapopan, ocurrido en septiembre de 2023, que alcanzó más de cinco metros de profundidad y cuatro de diámetro, tragándose parte de la banqueta y poniendo en riesgo una vivienda. Otro caso ocurrió en la avenida 8 de Julio, a la altura de la colonia Las Conchas, donde un automóvil cayó en un hundimiento repentino en agosto de 2022. El socavón tenía más de seis metros de profundidad y se originó por el colapso de un colector de aguas negras.
En Tlaquepaque, sobre la calle Hornos, también se reportó un socavón de dimensiones preocupantes en 2024, que dejó una zanja de más de 12 metros de largo y casi dos metros de profundidad. En ese mismo año, en la colonia La Nogalera, un hundimiento obligó a cerrar una parte del Periférico por varias semanas. Tan solo en el primer semestre de 2024, se contabilizaron al menos 60 reportes de hundimientos o socavones en distintos puntos del Área Metropolitana de Guadalajara, siendo las zonas más afectadas Tlaquepaque, Zapopan, Tonalá y la propia Guadalajara.

La mayor parte de estos hundimientos se producen por la combinación de infraestructura antigua y mal mantenida, junto con la filtración constante de agua que erosiona el subsuelo. Las tuberías de drenaje en muchas colonias tienen más de 40 años de antigüedad y ya no soportan el volumen actual de agua y desechos. En otras zonas, el paso del tiempo ha hecho que los colectores colapsen y el agua se filtre directamente al subsuelo, socavando lentamente la tierra hasta provocar un hundimiento.
Los expertos señalan que la posibilidad de caer en un socavón en la ciudad no es remota. Basta con caminar por algunas zonas del Centro o de colonias con suelo arcilloso para ver cómo las banquetas presentan hundimientos irregulares o grietas. La alerta es constante en temporada de lluvias, cuando el terreno se satura y el riesgo se multiplica. Aunque la mayoría de los socavones no causan víctimas, ya se han reportado casos de vehículos atrapados, daños a casas y fugas peligrosas de agua o gas.
A pesar de los constantes reportes ciudadanos y la visibilidad de estos eventos en redes sociales, la respuesta de las autoridades suele ser reactiva. Se colocan señalamientos, se rellenan con escombros o cemento y se repara la fuga. Pero pocas veces se hace un estudio integral del terreno o una renovación estructural del sistema hidráulico. Mientras tanto, la tierra de jales, rica en historia volcánica y plagada de mantos freáticos, sigue cediendo silenciosamente bajo el peso de una ciudad que crece sin mirar hacia abajo.
