Cada año, entre 400,000 y 500,000 migrantes procedentes de Centroamérica, Sudamérica, el Caribe y África cruzan México rumbo a Estados Unidos. Muchos de ellos, sin dinero ni documentos, abordan un tren de carga al que llaman “La Bestia”, que recorre el país de sur a norte y se ha convertido en un símbolo de esperanza y tragedia. El viaje es extremo: sin asientos, sin seguridad, sin horarios. Solo el deseo de escapar del hambre, la violencia o la persecución, y la esperanza de alcanzar una vida mejor al otro lado del Río Bravo.

En el trayecto, los peligros abundan. Además de los accidentes —cada año más de 500 migrantes sufren amputaciones y decenas mueren al caer del tren—, enfrentan el acecho constante del crimen organizado. Pandillas como la Mara Salvatrucha o Barrio 18, y grupos como Los Zetas o el Cártel del Golfo, controlan rutas, extorsionan, secuestran y asesinan migrantes. El caso más brutal fue la masacre de San Fernando en 2010, donde 72 personas fueron ejecutadas por negarse a trabajar para el crimen. Un año después, se hallaron más de 190 cadáveres en fosas clandestinas de la misma región.

La violencia no ha detenido el flujo migrante. En 2023, México registró más de 780,000 personas en tránsito irregular, un aumento del 77% respecto al año anterior. Se estima que al menos 80,000 migrantes utilizaron algún tramo de La Bestia. Viajan en condiciones inhumanas, bajo el sol o la lluvia, sin comida ni agua. Mujeres y niños son especialmente vulnerables. Muchas viajan con sus hijos en brazos, expuestas al abuso sexual, la separación familiar o la desaparición forzada. El camino está lleno de historias de dolor, mutilación y muerte.
Frente a la omisión oficial, han surgido iniciativas de apoyo que se han convertido en salvavidas a lo largo de la ruta.

En Tenosique, La 72 ofrece comida, refugio y atención médica. En Ixtepec, Hermanos en el Camino brinda apoyo psicológico y legal. En Veracruz, Las Patronas lanzan diariamente bolsas con comida y agua a los migrantes que pasan sobre los vagones. Y en Saltillo, la Casa del Migrante intenta proteger a quienes escapan de la violencia en sus países, pero caen en una nueva forma de infierno en su tránsito por México.
La Bestia no es solo un tren: es una metáfora de la desigualdad y el abandono. Cada vagón lleva historias rotas, y cada kilómetro representa una lucha por sobrevivir. Mientras persistan la pobreza, la violencia y la falta de oportunidades en los países de origen, y mientras México siga tratando el fenómeno migrante con retenes y represión en lugar de con derechos y dignidad, este tren seguirá rugiendo por los rieles del sufrimiento. Y sus pasajeros seguirán pagando el precio más alto: el cuerpo, la libertad o la vida.
