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La sorpresiva declaración de un cese al fuego entre Irán e Israel, anunciada el 23 de junio, ha provocado reacciones diversas en todo el mundo. Para algunos, representa un alivio momentáneo tras semanas de una escalada sin precedentes; para otros, no es más que una tregua táctica que, lejos de significar el inicio de la paz, refleja el agotamiento de ambas partes y una pausa estratégica en un conflicto que sigue ardiendo bajo la superficie.
A pesar de versiones preliminares que hablaban de una firma formal en Ginebra, lo cierto es que no hubo tal firma de paz ni acuerdo diplomático en papel. Lo que se alcanzó fue un entendimiento informal —producto de la presión internacional y de la mediación indirecta de países como Qatar, Suiza y China— que permitió anunciar un alto al fuego escalonado, el cual ha sido violado en al menos dos ocasiones por parte de Irán, que lanzó misiles adicionales hacia territorio israelí, obligando a este a preparar nuevas represalias.
Ni Teherán ni Tel Aviv llegaron a esta tregua por convicción. Lo hicieron porque continuar la guerra se volvió, simplemente, insostenible. Israel enfrenta una compleja crisis política tras la disolución del gabinete de emergencia liderado por Benny Gantz, además de una creciente presión social por la inflación y el desgaste emocional acumulado. Hamás se ha reactivado en Gaza, Hezbolá continúa amenazando desde el norte, y la ciudadanía israelí comienza a perder la paciencia tras semanas bajo amenaza constante.
En Irán, el escenario es igual de adverso. Aislado internacionalmente y bajo el peso de severas sanciones económicas, el régimen de los ayatolás enfrenta una moneda en caída libre, reservas internacionales en mínimos históricos, y una población cada vez más inconforme. La guerra, lejos de fortalecer el discurso de resistencia del régimen, ha acentuado sus fracturas internas. La represión ha sido intensa, pero el malestar persiste.
El conflicto reciente entre ambas naciones no ha sido menor. Fue una guerra híbrida y multilateral: desde bombardeos con misiles de largo alcance hasta sabotajes cibernéticos y colapsos temporales en sistemas financieros. Irán activó su red de milicias aliadas en Siria, Yemen, Irak y Líbano, convirtiendo la disputa en un escenario de guerra por delegación. Israel, con apoyo de Estados Unidos, respondió con ataques quirúrgicos, bloqueos estratégicos y una operación diplomática intensa para contener la expansión del conflicto.
Las consecuencias globales han sido evidentes. El precio del petróleo superó los 130 dólares por barril durante las semanas más intensas del enfrentamiento, provocando inflación en buena parte del mundo. Economías emergentes sufrieron la depreciación de sus monedas y vieron tambalear sus bolsas de valores. En algunos países latinoamericanos, los efectos ya se perciben en el alza de combustibles, alimentos importados y presiones sobre las tasas de interés.
Y, sin embargo, la pregunta clave sigue vigente: ¿por qué ahora este cese al fuego? Las respuestas combinan factores de desgaste interno, presiones internacionales y el miedo real de que la guerra escale a un conflicto regional mayor. Las potencias que tradicionalmente juegan un rol estabilizador —como Estados Unidos, Rusia o China— se han mostrado más interesadas en evitar una disrupción energética que en garantizar un acuerdo duradero.
Y eso es lo más preocupante. Porque las causas estructurales del conflicto no han desaparecido. Irán sigue impulsando su programa nuclear, no ha desactivado su red de aliados armados, y continúa expandiendo su influencia en zonas estratégicas. Israel mantiene una política agresiva de contención y ocupación, particularmente en Gaza y Cisjordania, sin señales de reversa. Los actores no estatales —Hezbolá, la Yihad Islámica, los hutíes— siguen activos y no participaron de este cese al fuego.
En este contexto, América Latina no es ajena. México ha mantenido una postura prudente, pero los efectos del conflicto le han alcanzado. La volatilidad del peso frente al dólar, el aumento en precios de combustibles y la incertidumbre sobre inversiones extranjeras muestran que las guerras lejanas también tienen consecuencias cercanas. Países como Colombia, Chile y Brasil observan con preocupación la posibilidad de nuevas presiones migratorias indirectas desde Medio Oriente.
Lo que se ha logrado hasta ahora no es la paz, sino apenas un respiro precario. No basta con que las bombas dejen de caer; lo necesario es construir una arquitectura regional de paz que enfrente las causas profundas del conflicto: ideológicas, territoriales, religiosas y geopolíticas. Y eso, hasta hoy, no ha ocurrido.
La comunidad internacional debe evitar el triunfalismo. La tregua debe celebrarse con mesura, y el enfoque debe estar en garantizar mecanismos de verificación, participación de todos los actores relevantes, y compromisos claros que eviten nuevas escaladas. La paz no se decreta: se construye con voluntad, visión y diplomacia comprometida.
Por ahora, Irán e Israel han bajado las armas. Pero el reloj sigue corriendo, y la historia ha demostrado que estas pausas, si no se consolidan con diálogo real, son apenas intermedios entre capítulos aún más oscuros.
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@salvadorcosio1
(*) Salvador Cosío Gaona. Es Abogado por la U de G, con estudios de posgrado en Administración Pública, Economía Política, Economía del Sector Publico, Administración Municipal, Finanzas Publicas, Administración y Desarrollo de Recursos Humanos, Financiamiento para el desarrollo y Políticas Publicas, en diversas instituciones. Tiene el Grado de Doctor en Derecho con la distinción Maxima Cum Laude en la Universidad Complutense de Madrid en España.
