En pleno siglo XXI, millones de mujeres siguen viviendo en condiciones de opresión extrema, sin derechos básicos y bajo legislaciones que las relegan a un estatus inferior al de los hombres. Países como Afganistán, Irán, Arabia Saudita, Sudán y Somalia son algunos de los lugares donde ser mujer implica enfrentar constantes humillaciones, restricciones y violencia.
Según datos de la ONU, más del 70% de las mujeres en estas naciones sufren algún tipo de violencia física, psicológica o sexual a lo largo de su vida, mientras que el acceso a la educación, el trabajo y la libertad de movimiento sigue siendo limitado o, en algunos casos, prohibido.
En Afganistán, bajo el régimen talibán, las mujeres han sido prácticamente borradas de la vida pública. Desde su regreso al poder en 2021, los talibanes prohibieron que las mujeres estudien en universidades, trabajen en organismos internacionales y hasta caminen solas en la calle sin la compañía de un hombre.

La situación es tan crítica que la UNESCO estima que 2.5 millones de niñas han sido expulsadas de las escuelas. En Irán, el caso de Mahsa Amini, una joven arrestada y asesinada por no llevar correctamente el velo islámico, desató protestas internacionales, pero la represión estatal sigue castigando con cárcel y latigazos a mujeres que desafían las normas de vestimenta.
En Arabia Saudita, aunque en años recientes las mujeres han obtenido ciertos derechos como conducir y asistir a eventos deportivos, siguen bajo el sistema de tutela masculina, lo que significa que necesitan el permiso de un hombre para casarse, viajar o incluso acceder a tratamientos médicos. En Sudán y Somalia, la mutilación genital femenina sigue siendo una práctica común; la ONU estima que más del 80% de las niñas en estos países son sometidas a esta brutal costumbre antes de los 15 años, poniendo en riesgo su salud y su vida.
Las leyes en muchos de estos países perpetúan la desigualdad. En Yemen, por ejemplo, una mujer tiene la mitad de derechos legales que un hombre en cuestiones de herencia y testimonio ante la ley. En Pakistán, el llamado “crimen de honor” sigue cobrando la vida de cientos de mujeres cada año, asesinadas por sus propias familias bajo el pretexto de haber deshonrado el hogar, muchas veces por el simple hecho de elegir a su pareja o rechazar un matrimonio forzado.

Las cifras son alarmantes. De acuerdo con Amnistía Internacional, en al menos 30 países las mujeres siguen sin tener los mismos derechos de propiedad que los hombres, y en 19 países aún no pueden obtener la nacionalidad de manera independiente si están casadas con un extranjero. En algunos lugares, las penas por “desobedecer” normas patriarcales van desde latigazos hasta la pena de muerte, como ha ocurrido en Irán y Arabia Saudita con mujeres acusadas de adulterio o apostasía.
Uno de los casos más emblemáticos de resistencia es el de Malala Yousafzai, una joven pakistaní que en 2012 fue atacada por los talibanes con un disparo en la cabeza por defender el derecho de las niñas a la educación. A pesar de la agresión, Malala sobrevivió y se convirtió en un símbolo de la lucha por los derechos de las mujeres, logrando que su voz fuera escuchada en foros internacionales.

En 2014, con tan solo 17 años, se convirtió en la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz. Su historia ha inspirado a millones de mujeres en países donde la educación sigue siendo un privilegio reservado para los hombres.
A pesar de este panorama desolador, el movimiento feminista global ha logrado poner presión sobre estos regímenes y ha visibilizado la lucha de las mujeres en el mundo.
Desde los movimientos de protesta en Irán hasta las campañas contra la mutilación genital en África, la resistencia sigue creciendo. Sin embargo, mientras existan gobiernos y sociedades que perpetúen leyes medievales y traten a la mujer como ciudadana de segunda, el reto de alcanzar la igualdad plena seguirá siendo una batalla constante.